
Pasados los cuarenta, la enfermedad, propia y de los padres, se convierte en tema inevitable en cualquier reunión de amigos o conocidos: fatiga crónica, fibromialgias, cáncer de diversa índole e infartos entre los amigos cincuentones; Alzheimer, problemas circulatorios y dificultad motora entre los padres. Y a ello, hay que añadir el aumento de alergias e intolerancias entre los más jóvenes, así como los trastornos depresivos y de ansiedad.
Todas ellas tienen en común la cronicidad.
Para bueno y para malo, sin la ayuda de la medicina moderna, la cronicidad sería mucho menos ubicua, más que nada, porque la gente con cáncer u otra enfermedad crónica tardarían mucho menos en morir. Probablemente, con mucho más dolor, eso sí.
Cuando sale el tema de la vejez y la enfermedad, todo el mundo adquiere un aspecto lúgubre, como si una oscura nube cayera sobre nuestras cabezas; alguien acaba murmurando: “No temo a la muerte, sino a una enfermedad que me consuma poco a poco… al dolor, y a la carga en que me convertiré para los demás.”
Una enfermedad puede robarnos de nuestra dignidad, convertimos en sombras de nosotros mismos, incapaces de ser autosuficientes ante las tareas más básicas como comer y asearnos o desplazarnos sin la ayuda de otro ser humano. Y esa falta de dignidad es la que nos aterra, y nos vuelve cobardes ante la enfermedad; más que la muerte en sí.
El terror que despierta esa imagen se mete en nuestros huesos, y acabamos proyectándolo de tal modo que un mero resfriado nos paraliza y desata una tremenda ansiedad.
¿Nos sentiríamos igual si por una parte estuviéremos en paz con la muerte?, ¿si esta sociedad no la tuviese clasificada de cosa “non grata” y la entendiésemos como otra etapa del camino? A la usanza de las religiones, pero sin ellas: aceptación de la muerte desde un punto de vista humanista, sin necesidad de cielos ni infierno en el más allá, … Para eso necesitamos inteligencia, madurez emocional y espiritual, que no es lo mismo que creencias religiosas: algo que no se estila en esta sociedad
¿Nos sentiríamos igual si tuviésemos la certeza de que una vez llegada nuestra hora, se nos ayudaría a morir con dignidad, sin un absurdo aferramiento a la vida? ¿Dónde está la frontera entre el imperativo de preservar la vida y aferrarse a una vida que ya no es tal ? Por suerte, la sociedad avanza y leo con satisfacción en Jano que la clase médica está cada vez más dispuesta a implementar un sistema de cuidados paliativos decente:
A su juicio, se debe mejorar la formación de los profesionales en esta materia, estableciendo un área de capacitación especifica en Cuidados Paliativos, mejorar la dotación de recursos en hospitales y reforzar el acceso de los enfermos que viven en el medio rural “para que nadie se muera con dolor”. Según sus palabras, “cuando hace 20 años empezaba en España el desarrollo de los cuidados paliativos se consideraba como algo novedoso, casi esotérico y como un movimiento medio hippie”. Pero, ha continuado el Dr. Gómez Sancho, “afortunadamente ha cambiado y ahora, con la Ley de Autonomía del Paciente y la Estrategia Nacional, lo han transformado en un derecho de los enfermos”.
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